Desafiar Tabús y Descubrir las Voces de las Mujeres en Harare

Rudo Chigudu

Un día entero, seco y caluroso, Rudo Chigudu había facilitado un taller para 20 mujeres ella sola, cambiando de inglés a shona sin dificultad y alentando a las mujeres a entonar los cantos de “¿Hermana? ¡Hermana!” que las ponen de pie. El taller constituye el primer paso de las acciones de Katswe destinadas a incorporar a la base en su trabajo de construcción de movimientos, creando oportunidades para que las mujeres analicen sus vivencias y contextos, y para que se organicen con el fin de transformar sus vidas y sus comunidades. El proceso comienza con la formulación de preguntas: ¿Qué historias estamos contando con nuestras vidas? ¿Cuáles son las historias que nos han contado? ¿Cómo podemos apropiarnos de nuestras propias historias para así empoderarnos?

Katswe crea espacios seguros llamados pachoto, que significa “sentadas junto al fuego” en shona, un sitio tradicional para contar cuentos. En todo Harare, en las viviendas sociales y los asentamientos informales las mujeres se reúnen para compartir historias y encontrar sus voces. Alrededor del fuego, se movilizan para la acción.

Maggie Mapondera de JASS habló con Rudo Chigudu sobre su caminar como activista.

Rudo, ¿Qué cargo desempeñas actualmente en Katswe?

Soy Coordinadora de Derechos y Salud Sexuales y Reproductivos en Katswe, una organización de feministas jóvenes en Zimbabue. Nos hemos propuesto rebasar las fronteras de los temas tabú en torno a los derechos sexuales y a los cuerpos de las mujeres. Debemos hablar libremente de nuestra sexualidad. Hay mujeres que se mueren en los hospitales porque les da pena nombrar las partes de sus cuerpos. Y, sólo podemos poner fin a la violación si podemos nombrar abiertamente nuestras partes íntimas, porque en los tribunales se espera que una describa el acto utilizando ese tipo de lenguaje. No hacerlo puede distanciar a las mujeres de la justicia.

¿Cuál es tu opinión acerca del ámbito de la organización de las mujeres hoy en Zimbabue y qué lugar tiene Katswe en ello?

No hay muchas organizaciones que hagan este tipo de trabajo en los temas que abordamos. Existe una fuerte resistencia ante nuestro trabajo debido a las creencias culturales y religiosas. Algunas personas, sencillamente se niegan a participar en este tipo de conversaciones, diciendo que son tabú u occidentalizadas, o que esto no puede ser conversado por las mujeres. Nuestras reuniones, o pachotos, son privadas y facilitan un espacio para que las mujeres hablen sin que nadie se entrometa. Pero no es suficiente. Llevamos estas preocupaciones a la comunidad en forma de teatro.

Cuando regresé a Zimbabue en 2008, las jóvenes cruzaban las fronteras para comprar y vender, volaban a China para comprar cosas. Si bien ya existía un movimiento de mujeres para la sobrevivencia, no tenía relaciones con las ONGs de mujeres. Ése es el contexto que queremos transformar.

Estamos divididas por cuestiones de edad. Algunas personas dicen, ‘Que sean las jóvenes las que hablen de vaginas porque ella son las desvergonzadas.’ También existen divisiones de clase—una mujer que tenga acceso a toallas, tampones o similares, no se va a preocupar porque en alguna parte otra joven no se mueva de su silla debido a la pena que le causa haber dejado una mancha. Urbana-rural, privilegiada-desafortunada, anciana-joven, partidos políticos-sociedad civil: estas clasificaciones siguen dividiendo a las mujeres. Como Katswe, somos vistas como un movimiento de “mujeres jóvenes”, a pesar de que algunas trabajen en el empoderamiento económico y otras en la sexualidad. Tenemos que mantenernos alerta, porque el patriarcado sigue transformándose adquiriendo otras manifestaciones, mientras nosotras nos distraemos en cosas sin importancia.

¿Cómo te volviste activista?

Nunca me había considerado activista de primera línea hasta que me metí en líos al pronunciarme sobre las injusticias que se cometen contra las lesbianas de Zimbabue. En ese momento, me di cuenta de que el trabajo que hacía era peligroso y de que arriesgaba mi seguridad personal. En 2012, en la ONU en Nueva York, realicé un monólogo de la vagina sobre la violación de una lesbiana zimbabuense que no pudo recibir justicia debido al alto nivel de homofobia que existe. La obra fue interpretada como un cuestionamiento al Estado y, además, como una acusación de que no observó los derechos humanos. Cuando sabes que algo anda mal, dices algo, porque no puedes guardar silencio. La idea de ‘seguridad’ sólo se presenta después. Realicé la obra antes de que Zimbabue presentara su informe al Comité CEDAW, así que la coyuntura era… incendiaria. 

¿Qué tipo de riesgos enfrentas en tu vida cotidiana?

Hay montones de riesgos. La policía vigila a cualquiera que es visto organizando a grupos de personas. Me han dicho que saben dónde están mis hijos. Esas cosas te dan un poco de miedo. También te pueden ‘levantar’, supuestamente por holgazanear, porque eres mujer y deambulas por la calle en el momento “equivocado”. Una vez que te agarran y descubren que eres activista, su objetivo es mostrarte su poder. Así que te pueden citar por holgazanear pero terminas en problemas más serios cuando empiezan a investigar quién eres.

¿De qué manera el proceso Corazón-Mente-Cuerpo de jass apoya tu trabajo?

Hoy hablé de eso en la sesión de formación, porque creo que las facilitadoras de grupos comunitarios deben comprender que las luchas que llevan a cabo en sus vidas personales son las mismas que las de las mujeres con quienes trabajan. Cuando las personas se sienten lo suficientemente seguras para hablar con franqueza, muchas cosas empiezan a salir —a veces sucede que las personas se derrumban en las sesiones. Sus luchas te impactan, las llevas a casa. Por eso, necesitas una manera de apoyar a la gente pero también de protegerte a ti misma; si no, te agotas.

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