El Cambio: un factor permanente en la vida de las mujeres

Sarah

En el espacio seguro que JASS Sur de África ha establecido, las mujeres de Malawi encuentran cada vez más confianza para contar sus historias, aunque éstas incluyan temas tabú. Si bien, muchas mujeres son sexoservidoras que se dedican a esta actividad para sobrevivir, el poder del estigma les impide hablar de ello abiertamente. Sin embargo, esta situación también está cambiando poco a poco. Sarah (nombre falso) valientemente comparte su história en sus propias palabras.

Conocía el mal carácter de mi esposo cuando nos casamos. Prometió controlarlo y de hecho lo hizo durante un tiempo. Sin embargo, de vez en cuando se le olvidaba y me pegaba fuerte. Hui muchas veces pero me encontraba con facilidad. Una noche infortunada, la paliza que me dio fue tan terrible que perdí cuatro dientes; me aterrorizaba, me lastimaba, me traumatizaba y me torturaba. Una vez me pegó porque acudí a una clínica local y el examen de VIH resultó positivo. Mi esposo me acusó de libertinaje y me dijo que por eso tenía la enfermedad. Me casé a los 16 años y nunca me había acostado con otro hombre. Y él lo tenía que saber.

Hui: Corrí y corrí hasta casi desmayarme; temía que él llegara por detrás para golpearme o que me atropellara un coche. Corrí hasta agotarme, hasta que mis piernas quedaron extenuadas.

¿A dónde ir? Decidí enfrentar la humillación y buscar refugio en la casa de mis padres, aun sabiendo que no sería bien recibida. Me dejaron claro que, sin importar lo que hubiese ocurrido, tenía que seguir con mi esposo. Mis hermanos tenían miedo de tener que compartir su pequeño pedazo de tierra conmigo y por eso me hicieron la vida muy difícil. Tenía que hacerme invisible. Bajaba la mirada cuando nos cruzábamos en el camino.

Un día hice de tripas corazón y acudí a una organización local que trabajaba en temas de VIH y SIDA, pero el personal me recibió con prejuicios y condescendencia. No volví ahí. Hice las maletas y pedí posada con una amiga en la ciudad. Fue ella quien me metió en el mundo del trabajo sexual. Mi situación me obligó a meterme en ese mundo. Sin casi haber pisado la escuela, no tenía muchas opciones para sobrevivir.

El trabajo sexual te obliga a hacer muchos cambios, en especial cuando una es sencilla, sumisa e ingenua. Con la ayuda de las veteranas, asumí otra identidad. Me compré unos vestidos cortos y sensuales, unos zapatos de tacón muy incómodos y maquillaje. Luego salí a la calle. Fue duro. Me dio pena pero lo hice. Más adelante participé en un grupo de apoyo para sexoservidoras. Compartíamos información y nos apoyábamos para exigir el uso de condones ya que no queríamos volver a infectarnos. Seguía sintiéndome avergonzada y acudí a una iglesia, pero eran tan fuertes sus ataques hacia las “malas” mujeres como yo que la abandoné.

Después de estar viviendo con amigas durante cuatro meses, encontré un amante, un trabajador sexual con casa propia. Empezamos a vivir juntos. Tenía miedo de perderlo y por eso le entregaba todo lo que ganaba.

Después de asistir a la primera reunión de JASS, donde todas compartimos nuestras historias, me di cuenta de que no podía salir del círculo de pobreza porque estaba manteniendo a un hombre y sacrificando mis propios ahorros. Tomé la decisión de salir de su casa y, en menos de dos meses, encontré la valentía en mi interior para dejarlo. Pude ahorrar un poco de dinero con el que compré una máquina de coser y así aumenté mis ingresos.  

Así pude vencer mi complejo de inferioridad y mi dependencia de los hombres. Ahora participo en un grupo de apoyo sobre VIH para sexoservidoras. Gracias a los talleres de JASS, ahora sé que soy feminista y que mi cuerpo me pertenece. Así se lo digo a mis compañeras sexoservidoras. Mis planes para el futuro son comprar un terreno en mi comunidad, construir una casita y apoyar a las sexoservidoras del campo para que sean dueñas de sus vidas.”