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by JASS on Julio 6, 2018 at 4:56 pm

Escrito por Laura Carlsen 

Nuestro poder y nuestra protección: Compartiendo saberes y conocimientos sobre las industras y actividades extractivas, Antigua, Guatemala. 21-23 de mayo 2018.

Después de los abrazos -entre amigas que no se han visto en mucho tiempo, entre nuevas amigas- se encienden las seis velas para la ceremonia de apertura. El calendario maya nos favorece. Hoy es el día de la sabiduría, el día de las ideas, pero, como nos dice Miriam Pixtún de La Puya, “las ideas con pies”, ideas que nos ayudan a caminar. 

La primera sesión del día es una megadosis de información, en torno a la minería, el proceso, sus impactos, las empresas y las distintas formas de resistencia. Una investigadora y ambientalista guatemalteca nos explica, con un estilo sencillo que invita al aprendizaje mutuo, su “mirada ecologista, entendida como la relación de todo con todo en todas partes” que abarca los impactos ambientales, sociales y económicos que van mucho más allá de lo que pensamos.

Miriam Pixtún y Ana Sandoval de La Resistencia Pacífica La Puya han vivido estos impactos. Empezando la organización estableció criterios: no dialogar con la empresa, sino exigir a las instituciones públicas el cumplimiento de sus funciones, inclusión (participan mujeres y hombres, personas de distintas edades, etc.), y el desarrollo de procesos colectivos, donde no hay un líder o una lideresa, en parte también por cuestiones de seguridad.

Combinan la acción directa, la batalla jurídica, la información y formación, la disputa por el poder local, el fortalecimiento de la identidad, la construcción de alianzas y la incidencia a nivel internacional. Han enfrentado represión, criminalización y difamación y también las contradicciones dentro de las comunidades, entre ellas el machismo. Con el lema de "No a la minería, Sí a la vida"han ganado amparos y suspendido por ahora las operaciones de la mina.

Aunque a veces no se contempla, la palma africana es otra industria que nos amenaza, extractiva porque extrae agua, nutrientes de la tierra y rentas de la naturaleza para las trasnacionales. Laura Hurtado, de Action Aid Guatemala, informa que el cultivo se extiende en el continente-- Guatemala es el décimo país en producción de palma africana en el mundo, y Honduras el séptimo. América Latina es la región donde más crece esta industria.

Dalila Vásquez, de Madre Tierra, y de la Escuela de Alquimia, dice que sus 7 comunidades en la costa sur de Guatemala han quedado como “pequeñas islas en el mar de monocultivos”. "Tenemos que pasar en medio de sus monocultivos, y si están fumigando ya se bañó de veneno,” relata Dalila. En una encuesta a la gente de la zona encontraron: pérdida del acceso a la tierra (“no les queda de otro de vender su mano de obra a las fincas que no pagan ni el salario mínimo”, dice Dalila), y de fuentes de agua, enfermedades, pocos empleos--casi todos hombres, trabajo con agrotóxicos sin equipo de protección y malas condiciones laborales. Repite un refrán constante en los testimonios de hoy: no tienen dónde acudir para la defensa porque las instituciones que se encargan al monitoreo están a favor de las empresas. “Les avisan a las fincas que van a visitar y dan protección solo estos días." La Red Sur denuncia los impactos y abusos de las compañías de monocultivos, pero hay mucho miedo. "Ha habido muerte de líderes que han denunciado esto y las comunidades ya dependen de los empleos o la gente se queda sin trabajo y sin tierra."

Bettina Cruz, de la Asamblea de Pueblos Indígenas del Istmo en Defensa de la Tierra y el Territorio en Oaxaca, lucha contra lo mismo, pero con una fachada verde. Las grandes empresas eólicas han quitado las tierras a las comunidades indígenas, contaminan el agua y el suelo, y dañan a la salud de personas y animales. Con la mercantilización de la energía verde en el mercado de carbón, esta industria se ha vuelto una nueva oportunidad para el “capitalismo de despojo”. Los proyectos provocan conflictos intercomunitarios, desplazamiento y migración, destrucción de los espacios de rituales y de siembra y la pérdida de las actividades económicas tradicionales de las mujeres. Varias, entre ellas Bettina, han enfrentado la criminalización y la cárcel.

María Felicita López, lenca, del Movimiento Independiente de la Paz Lenca de Honduras (MILPAH), describe los esfuerzos de su organización para defender la tierra y territorio de los megaproyectos y “la recuperación de la cosmovisión lenca, la terapia testimonial, y las creencias para seguir trabajando.” Lilian Borja, también de Honduras, narra su experiencia de persecución, “Los empresarios tienen mucha tierra en pocas manos, pero los campesinos no tienen tierra para trabajar. Estamos luchando contra un monstruo que es la azucarera… y contra un gobierno asesino-- para nosotros, no hay leyes, no hay derechos,” cuenta entre lágrimas.

Honduras vive un auge de proyectos y de violencias. JASS Honduras llevó a cabo un mapeo en 10 departamentos, que logró identificar 199 áreas afectadas por el extractivismo. Daysi Flores, coordinadora de país de JASS Honduras, nos dice que estos proyectos están provocando conflictos con terratenientes privados, gobiernos locales y empresas nacionales e internacionales. En muchas comunidades, los hombres prohíben a las mujeres participar en reuniones, las mujeres tienen poco acceso a puestos de liderazgo, y existe una “ficción de la igualdad que no es transformadora de la realidad” al entenderla como cierta semejanza de méritos y no de la necesaria diversidad en la lucha. 

María Guadalupe de Guatemala cierra con un recorrido histórico de las extractivas y como afectan la vida de las mujeres y de la Madre Tierra, señalando las etapas: los títulos personales a la tierra para quebrar la comunalidad, la lucha para la co-propiedad para mujeres, y después la ofensiva de los proyectos extractivistas que nos obliga a ampliar el análisis. Destaca la necesidad de “cuidarnos entre unas y entre otras, recuperar a nuestro cuerpo, desarrollar poderes--no para dominar, para compartir.” 

Con estas distintas caras y perspectivas hacia el extractivismo, terminó un día que nos dejó un amplio panorama y muchas ideas para caminar: tener más estudios, como líneas de base ambiental y de salud que nos permite monitorear impactos; construir más alianzas en todos los niveles; llenar huecos en el conocimiento, fortalecer a las organizaciones.

Frente a los estragos del extractivismo a la comunidad y la tierra, es evidente, como dijo nuestra compañera ambientalista, “El destino de la tierra en manos del patriarcado es finito”. El triste hecho nos plantea el reto: ¿Cómo construir un destino en manos del pueblo organizado, con una visión de igualdad, justicia y vida?

 

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by on Octubre 17, 2016 at 2:40 pm

Nunca antes había comprendido, con todo mi ser, lo que nuestros cuerpos significan para el patriarcado, hasta que estuve y conviví con más de 1,800 mujeres de todo el mundo en el Foro de AWID 2016, celebrado en Salvador de Bahía en Brasil, en el mes de septiembre pasado. Colores, formas, tamaños, expresiones y muchas características más fueron mi alimento diario durante cinco días. Como no hablo otro idioma más que el castellano, mi comunicación verbal fue limitada, pero eso me permitió observar, percibir y disfrutar de tanta diversidad. Disfruté profundamente de los cuerpos trasgresores, porque estos nos liberan a todas las mujeres, nos liberan de los prejuicios, de los estereotipos, y de todos los condicionamientos sociales y culturales de los que somos objeto; que si vestimos corto o largo, que si mi pelo de tal color, que mucho maquillaje, que muy poco, que si gordas o muy flacas, y una lista interminable de eso que nos va constituyendo y que desde muy pequeñas nos forma, eso del “deber ser”.  

Nuestros cuerpos importan al patriarcado, para ser usados, sexualizados y desempoderados; los cuerpos diferentes, con otros colores, otras formas, tamaños, tatuados y que se salen de los moldes impuestos ofenden a quienes nos quieren oprimidas y uniformadas. Un cuerpo libre es la representación tácita de que no queremos ser moldeadas y estructuradas para el goce y disfrute de otros. Queremos vernos y sentirnos bellas con nuestros propios cuerpos, nuestros estilos diversos y complejos a la vez, pero desafiantes al sistema impuesto. Nuestras vidas importan sí, las de las mujeres que día a día intentamos ser coherentes y pensamos en que en este mundo es posible vivir de otras maneras, y que creemos que de a poco  estamos recuperando el poder, ese poder que nos construye de maneras colectivas, solidarias, igualitarias y amorosas. Importan las vidas de las mujeres negras, las mujeres blancas, las mujeres indígenas, las jóvenes, las niñas, todas importan, las que estamos y las que ya no están, producto de las violencias machistas dominantes en este mundo.

De aquí que el activismo feminista importa, claro!! Importa al patriarcado porque quienes ostentan el poder, tienen miedo de perder sus privilegios, tienen miedo de perder el poder que a costa de muertes, destrucción y guerras han conseguido, temen que este mundo se les esté desdibujando y se esté convirtiendo en esa aldea feminista, en donde quepamos todas y todos, en donde los placeres, la risa, los abrazos, la ternura y todos los cuerpos sean bienvenidos, sean respetados y sobre todo amados. Le temen a la solidaridad, porque se vendría abajo el consumismo que nos uniforma, le temen porque el capital perdería fuerza y el intercambio sería una manera de vivir, la sobrevivencia caducaría para darle paso a vivir con sentido. Por eso es que nos desacreditan, nos critican y no les caemos bien, pero no importa porque seguimos en esta construcción colectiva, seguimos juntándonos y reuniéndonos, para pensar juntas, compartir nuestras experiencias y hablar, reconociendo en cada una esa luz que ilumina y da vida a nuevos y diferentes modelos de vida. Seguiremos conectadas a través de los hilos de la esperanza y convencidas de que la diversidad es la fuerza para caminar, correr y ser libres. Demos gracias a esas diferencias por darnos lecciones de fortaleza e inspirarnos. 


Título inspirado en el movimiento Black Lives Matter (Las vidas negras importan)

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by Natalia Escruceria Price on Octubre 3, 2016 at 4:20 pm

Después de un día lleno de esperanza, sentada en la sala de mi apartamento, me llegó la noticia que con 99.98% de las urnas informadas, el No ganaba sobre el Sí con el 50.21% frente al 49.78%. Estoy sin palabras, con el corazón partido—totalmente en shock. Después de cuatro años de negociaciones con las FARC, la población colombiana votó rechazar el acuerdo de paz que nuestro gobierno negoció con los líderes del grupo guerrillero en la Habana.

En lo personal, siento tristeza y miedo a la vez. ¿Este resultado qué significa para el futuro del país? ¿Qué tan realista es qué se puedan renegociar ciertas cosas con las FARC? No sabemos. Esa incertidumbre me choca, me asusta. Aún, con los comentarios de Timochenko ayer, donde reiteró que las FARC mantienen “su disposición de usar solamente la palabra como arma de construcción hacia el futuro” sigo en total desesperación porque un proceso de negociación de cuatro años no fue suficiente para unos 6 millones de colombianos, ¿qué quieren o más bien, que creen que necesitan para por fin decir Sí a la paz?

En las semanas antes del plebiscito, tuve conversaciones y leí muchos escritos por gente del No. Me quedé fascinada con lo que vez tras vez oí (leí): votarán No porque (supuestamente) miembros de las FARC quienes cometieron crímenes durante la guerra nunca verán el interior de una cárcel, y porque, en su mente, el país se despedazará por el partido político (y el supuesto poder) que tendrán miembros de las FARC. Siempre me vienen dos cosas a la mente: ¿han leído el acuerdo? Porque si explica bien lo de la justicia para las víctimas (les invito a conocer los puntos del acuerdo); y dos, que no se ha terminado definir ni aterrizar la implementación de unas cosas del acuerdo con la idea de que primero el pueblo diga si quieren o no seguir con esta lógica. Esto significa que puede ser que el miedo que llevó a varias personas a decir No el domingo pasado, pudiera haber sido fundado en algo que aún no se ha definido. ¡Qué triste esa posibilidad (y rabia me da)!

En su conjunto, creo que a mucha gente se le olvidó que significa una negociación. Una negociación no es para que un lado decida todo y no concede nada. Una negociación requiere abrir un espacio en donde dos partidos con distintos puntos de vista puedan hablar, escucharse, y llegar a unos acuerdos fundamentales que enmarcaran su futuro como socios y compatriotas; en este caso también implica dejar las armas y alzar la palabra. Además, en este caso, fue entre una delegación del gobierno, quien representó los más de 48 millones de colombianos y colombianas, y una de las FARC. Para mí siempre era obvio que esta delegación no representaba mis ideas ni mis opiniones, esta delegación representaba todas y todos los colombianos—diversos, complejos, y berracos—y, por lo tanto, el acuerdo final nunca iba contener el 100% de lo que quería. Lo que pienso, no es lo mismo para ti, ni para fulanita; el acuerdo final tuvo que abarcar el conjunto de ideas y necesidades de la población. Tuvo que negociar unas cosas y conceder otras para llegar una visión más holística y compartida de la paz.

Pero más que nada, lo que me asombra es la falta de voluntad de mis compatriotas a la participación política. Según datos de la Registraduría Nacional, de las más de 34 millones de personas habilitadas, menos de 14 millones, o más bien 37.43%, ejercieron su derecho de sufragio. Me sigo preguntando, ¿cómo puede ser? Peor aún, el No sobrepasó el Sí con menos de 55.000 votos. Esto significa que, si 0.02% más de las personas habilitadas hubieron votado por el Sí, estaríamos en una situación muy diferente. ¡0.02%!

Después de 50 años de vivir una pesadilla—una pesadilla que mató a más de 220,000 personas y desplazo a más de 6 millones de personas—por fin tuvimos una oportunidad de romper con esa realidad y soñar en una vida sin un conflicto armado, sin un poder fáctico funcionando en paralelo al estado de derecho. Crear, como pueblo unido, una realidad en donde hay rendición de cuentas, se pueda monitorear el accionar de aquellos que quieren instaurar brechas entre nosotros y nosotras, donde hay procesos políticos que por fin representen a la diversidad de colombianos y colombianas (si, esto significa también aquellos con visiones políticos distintos). 

Pero no. Al fin de todo, la mayoría de mi pueblo decidió no votar, no participar en este momento histórico. Esto para mí, es lo más triste.

Pues, diría casi lo más triste. Realmente lo más triste en todo esto es, que otra vez, volvimos a quedarles mal a las personas más afectadas, de manera directa, por este conflicto. Las victimas votaron que Sí: “Esto lo muestran las cifras de votaciones en municipios históricamente asediados por el conflicto en Cauca, Guaviare, Nariño, Caquetá, Antioquia, Vaupés, Putumayo, Meta y Chocó.” En el Chocó, “este domingo 96% de la población votó por el Sí, y solo 4 por ciento restante por el No.” Mientras muchos que han tenido el privilegio de no vivir en la cotidianidad esta pesadilla, decidieron que su malestar, que su incomodidad con el acuerdo toma prioridad, y votaron No. Me pregunto, ¿se dejaron llevar por el miedo? ¿Por la incertidumbre? ¿Por el odio de lo que no entienden?

O quizás porque nunca dimensionaron que ha implicado este proceso, especialmente para las víctimas. En el Chocó, la población de Bojayá ha mostrado que sí están dispuestas a perdonar y construir un país diferente, juntos, cuando participó en “un acto de perdón con los miembros del Secretariado de las FARC.” Así mismo, este proceso de paz ha tenido algo innovador y pionero—una perspectiva de género que transversaliza todos los aspectos del proceso, el acuerdo, y su implementación. ¿Esto que significa? Pues, les digo que como ejemplo, y según El País:

Se trata de provisiones muy concretas en materia de garantía en el acceso y tenencia de la tierra para las mujeres rurales; promoción de la participación de mujeres en espacios de toma de decisiones para la implementación de una paz estable y duradera; medidas de prevención y protección para las mujeres para garantizar una vida libre de violencias; o garantías de acceso a verdad, justicia y medidas contra la impunidad y el reconocimiento a las formas diferenciales en que el conflicto afectó a las mujeres de manera desproporcionada.”

Es decir, que la construcción de la paz en Colombia ha sido, y tenía la esperanza de seguir siendo, feminista (vayan a ver un video buenísimo de (e)stereotipas).

Pero ahora, entramos en una etapa desconocida, donde hubo dos voces altas diciendo no y a la vez sí a la paz. Nuestro presidente mandará su jefe negociador a la Habana para decidir “entre todos cuál es el camino” para que la paz “sea posible y salga todavía más fortalecida de esta situación.” No sabemos que pasará, no sabemos si se re-negociará el acuerdo, si nos darán oportunidad nueva de opinar sobre el camino a seguir o el próximo acuerdo.

Lo único cierto es que seguimos, como país, en una situación desconocida. Mi temor es que esas mismas emociones que agarraron a los 6 millones ciudadanos del No y los otros 21 millones que ni siquiera votaron, se vigorizaran aún más, y resulta que ninguna paz si no le conviene a cada una, no es una paz que quieren.

Qué sensación de impotencia  arrolladora siento frente esto. Aun así, seguiré, con los y las 6 millones del Sí, luchando por una paz y una Colombia que pone la esperanza, el amor, y la paz por encima de todo. Seguiremos luchando para que las voces de las víctimas se escuchen, para que ellas y ellos que han tenido que vivir esta pesadilla de primera mano, puedan intervenir con sus estrategias de esperanza y de vida en un próximo proceso hacia la paz que aún está por darse. Le suplico a los del No, que se sumen a esta lucha; que vean la realidad por los ojos de las víctimas no solamente de su propio privilegio, porque solamente así verán la verdad: cuando, en la cotidianidad, no has vivido la paz, una paz imperfecta da esperanza, da oportunidad de una vida mejor; una paz imperfecta aún es paz. 

 

crédito de foto: AFP

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