Archivos del Blog de JASS para Noviembre 2014

by on Noviembre 20, 2014 on 11:52 am

Como feministas, siempre hablamos de la justicia, pero ¿qué significa en realidad para nosotras la justicia? ¿Cómo podemos imaginarla? África

Pídele a cualquier grupo de personas que se pongan de pie si han experimentado violencia a nivel personal o si conocen a una mujer que haya vivido una situación violenta. Todos se pararán. Pregúntales luego si han experimentado la justicia, ya sea a nivel personal, o en el caso de la mujer que acaban de recordar, si saben qué aspecto tiene la justicia, o si han vivenciado qué se siente cuando se les hace justicia, y casi todas las mujeres volverán a sentarse.

Hace poco, conjuntamente con más de 30 activistas de todas partes del mundo, participé en un taller en el que Ananda,* de la Campaña Una de cada Nueve, facilitó la dinámica descrita. Todas las participantes, incluyendo a dos hombres, se pusieron de pie en respuesta a la primera pregunta. La segunda pregunta produjo una respuesta ligeramente más matizada: solo dos mujeres se quedaron de pie, una mujer blanca procedente de Canadá y una activista por el derecho a la tierra, habitante del área metropolitana de Johannesburgo, Sudáfrica. No tuve oportunidad de consultar a estas mujeres respecto a las razones por las que permanecieron de pie ni tampoco indagar sobre las circunstancias de los casos que habían recordado, pero de todas maneras me hizo reflexionar.

Hemos luchado por el establecimiento de leyes que nos favorezcan. A partir de 2013, Zimbabue “[cuenta con una] (nueva) Constitución que, en general, contiene un marco adecuado orientado a promover y a proteger los derechos de las mujeres” (Everjoice Win, Entre Jesús, los generales y las invisibles, 2013). Aun así, una de cada tres mujeres zimbabuenses continúa experimentando violencia física y/o sexual. Por otra parte, Sudáfrica posee una de las constituciones más progresistas del mundo, ya que otorga plena igualdad y protección a los matrimonios entre ciudadanos LGBTI, a pesar de lo cual se han reportado más de 30 asesinatos de lesbianas durante los últimos 15 años. Actualmente, un número significativo de nuestras luchas se realiza en la esfera de las altas políticas: nos presentamos ante Naciones Unidas, aprovechamos la realización de convenciones para promover nuestra causa, por ejemplo, en la Convención para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra las Mujeres (CEDAW), y elaboramos protocolos sobre esto y aquello. Si bien estas estrategias tienen fuerza y son fundamentales para nuestros movimientos feministas, aisladas y desvinculadas de los movimientos de mujeres y hombres que crean alternativas, no conducirán a donde queremos llegar.

En lo personal, me pregunto: ¿qué aspecto tiene la justicia en mi cuerpo (codificado como de “mujer”)? ¿Qué aspecto tiene cuando vivo mi sexualidad al interior de mi familia y de mi comunidad que, generalmente, son conservadoras? ¿Qué aspecto tiene en nuestras iglesias? ¿Qué aspecto tiene cuando tenemos que discutir sobre el uso del condón con nuestras parejas íntimas? ¿Qué aspecto tiene cuando una mujer camina por la calle al terminar su jornada laboral y es fastidiada por un grupo de hwindis (conductores de minitaxis)? Cuando en vez de alzar la voz y de ponerlos en su lugar, la mujer se traga sus palabras y se ensimisma, acelera su paso y trata de reprimir el temor que siente surgir en lo profundo de su ser porque todos sabemos lo que les “ocurre” a las mujeres que deambulan por calles oscuras. Y más aún, sabemos lo que les “ocurre” a las mujeres que deambulan por las calles a plena luz del día.

Si no estamos dispuestas a confrontar y a definir la justicia en lo que toca a todos los aspectos de nuestras vidas y a todos los fragmentos de nuestras identidades, de forma que podamos vivir plenamente según nuestras habilidades, capacidades y ambiciones, con dignidad y libres incluso de la amenaza de violencia y discriminación, no la veremos hecha realidad. Si las mujeres que se encuentran en la vanguardia de las luchas en pro de la justicia de género, no toman su lugar en la mesa de negociaciones, imaginándose alternativas y planteándose una manera distinta de concebir un mundo “justo”, nada cambiará. Podemos aprobar todas las leyes y las políticas que queramos. Podemos pasarnos todo el día protestando en la calle, podemos estar arrodilladas toda la noche rogando a cualquier santo que enderece las cosas, pero de nada servirá.

A-T-E-N-C-I-Ó-N: la justicia feminista no es cómoda

Confieso que los intentos (no del todo nuevos) de dar al feminismo una novedosa presentación, una envoltura más brillante, más atractiva, que sea más aceptable y reconfortante, me generan desconfianza. Se trata de un tipo de feminismo que puede ser consumido por una pequeña y privilegiada élite a la hora de degustar su té matutino, sin que exista la necesidad de volver a pensar en él durante el resto del día.

Este tipo de feminismo asume múltiples formas, como la mitológica quimera: podría tratarse de una conocida revista de modas, notoria por su “blancura” desbocada y por las pesadas capas de maquillaje retocado de los personajes que adornan sus páginas. Desde luego, ello no promueve la diversidad corporal, a pesar de sus afirmaciones de que es “profundamente feminista” y de su recientemente lanzada campaña de solidaridad global #HeforShe, vinculada a la ONU, que señala que una de las razones más importantes para prestar atención a la equidad de género y a los derechos de las mujeres es que el patriarcado lastima a los hombres. Ahora, si bien es cierto que el patriarcado lastima a todos y todas, hacer de los hombres el centro de atención no ayudará a la causa feminista. ¿Por qué? Porque durante siglos los hombres han estado en el centro de atención y tenemos muy presente que tal situación no ha sido ventajosa para las mujeres. Es algo que debe comunicarse al canciller de Islandia, Gunnar Bragi Sveinsson, quien acaba de anunciar que en enero de 2015, su país, conjuntamente con Surinam, patrocinará una conferencia en la que solo se permitirá la asistencia de varones, cuyo propósito es reunir a “hombres y niños” para dialogar “de manera positiva” sobre la igualdad de género y, en particular, sobre la violencia contra las mujeres.

Estoy segura de que no hace falta decirlo, pero lo diré de todos modos: cualquier conversación sobre desigualdad que excluya deliberadamente las voces de las más afectadas por la violencia constituye un tremendo despilfarro de tiempo, de energía y de recursos valiosos.

Lo primero que hay que tener presente es que estas tendencias no están surgiendo de la nada: los contragolpes adquieren múltiples formas y este es uno de los ejemplos más insidiosos y a veces menos obvios. Después de todo, qué mejor manera de desmovilizar a los movimientos feministas en pro del cambio transformador y de la justicia de género verdadera que la cooptación del término político “feminismo” y de los espacios feministas para que algunas personas puedan sentirse más “cómodas”.

Siempre ha habido y siempre habrá un contragolpe del sector dominante para enmarcar el feminismo (casi siempre lo define un hombre blanco), de modo que sea menos atemorizante, menos espinoso, menos desordenado, menos retador. Y también, menos exigente a la hora de cuestionarnos a nosotras mismas y de preguntarnos por nuestros privilegios, sean de índole racial, de género, de identidad sexual, de estado social, de procedencia o de clase.

En el momento en que escuchemos este mensaje, debería dispararse la alerta roja en nuestras cabezas porque, ¿saben qué?, nunca estuvo previsto que el feminismo fuera algo tan fácil. No se trata de que el feminismo nos deje con un sentimiento placentero aunque, desde luego, tales sentimientos son buenos y en este mundo tan violento y terrible, es bueno sentirnos bien por algo.

Me toca a mí sortear mis privilegios, confrontarlos y procesarlos; de igual forma, te toca a ti llegar a un acuerdo con los tuyos. No podemos permitir que los sentimientos heridos se vuelvan un obstáculo que detenga el avance de nuestro proyecto personal y colectivo.

Quisiera retomar la consigna más conocida de JASS, pues siempre he estado en la misma sintonía, si bien no me había dado cuenta hasta que me cayó el veinte durante este último contragolpe centrado en el porqué del feminismo.

Atención: mujeres cruzando la línea. Se trata de una advertencia, de un trompetazo que anuncia al mundo que vamos llegando. Vamos a transgredir las normas establecidas de lo que significa ser “mujer”, vamos a derrumbar tus conceptos binarios, vamos a tumbar tus instituciones y tus reglas y a construir otras nuevas, vamos a moldear el significado de justicia para nosotras—y si no nos lo das, lo vamos a arrebatar. Seguramente no te va a gustar todo esto y vas a tratar de detenernos, de desalentarnos, de golpearnos para intentar que regresemos a la caja más diminuta que puedas encontrar en la que nos sentaremos y mantendremos calladita la boca como es propio de las “mujeres buenas”.

Pero seguiremos avanzando.

*Ananda pidió que no se difundiera su nombre.

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