Reuniendo Fuerza Contra la Barbarie


Resonancias y retos compartidos entre JASS Sur de África y JASS Mesoamérica

Quizá para la mayoría de las mujeres que vivimos en México y Centroamérica el sur de África nos parece muy lejano, lejano en la distancia, en la historia y en la cotidianidad de nuestras vidas. Sin embargo, escuchando a nuestras compañeras de JASS Sur de África y a las organizaciones con quienes trabajan, en el marco de su reunión de planificación, reconocimos enormes resonancias y retos compartidos en nuestra región.

El sur de África tiene una historia de colonialismo y racismo que ha tenido terribles y crueles expresiones en el apartheid y en incontables conflictos armados y guerras. Frente a eso también en estas tierras se han gestado emblemáticos y poderosos movimientos de liberación e independencia en los que las mujeres participaron con determinación, no solo para cambiar las relaciones de poder colonial, sino para nombrar por primera vez los derechos que les habían sido negados.

Una de las primeras resonancias que tuvimos fue al escuchar a Everjoice Win de Zimbabwe explicar cómo los procesos de liberación se dieron en el fin de la era del llamado “socialismo real” y el inicio de las políticas neoliberales que hasta nuestros días configuran el poder y determinan la vida de la mayoría de las personas en el mundo. En esta coyuntura histórica los procesos de construcción de la democracia, las instituciones y los marcos jurídicos no se acompañaron de cambios en el modelo económico, manteniendo así el racismo y la discriminación que sostiene la desigualdad y que reduce las posibilidades de transformar las relaciones de poder afectando con ello principalmente a las mujeres.

En Mesoamérica, después de las décadas de conflicto armado interno, guerra y autoritarismo que marcaron las décadas de los 60’s, 70’s y 80’s, también iniciamos procesos de transición democrática que nos dieron un marco jurídico institucional que reconoce nuestros derechos fundamentales, pero no hubo transformación alguna en el modelo económico y, por el contrario, se profundizó el capitalismo en la región. Discriminación, racismo y desigualdad son también una realidad en la vida de las mujeres de México y Centroamérica, aunque se expresen de formas diferentes.

Otra resonancia resultó del reconocimiento de grupos de poder que controlan los recursos y las instituciones con la misma agenda e incluso con el mismo rostro de quienes tienen el poder en nuestros países:

  • Grupos fundamentalistas religiosos que con su “evangelio del bienestar” hacen del neoliberalismo el único camino posible y contribuyen a mantener las relaciones de poder: predicando la inferioridad de las mujeres y negando sus derechos sexuales y reproductivos, despreciando toda opción de identidad y preferencia sexual que no sea heterosexual y justificando la violencia.
  • Corporaciones transaccionales e industrias extractivas que arrebatan extensos territorios dejando una estela de devastación ambiental, problemas de salud y conflictos sociales y afectando a millones de mujeres que se quedan sin el único sustento familiar.
  • Fuerzas militares que mantienen su poder abiertamente o tras bambalinas imponiendo una lógica de miedo y muerte que se ensaña de manera profunda en los cuerpos y la sexualidad de las mujeres.

Finalmente encontramos que las organizaciones y los movimientos de mujeres y feministas, estamos en ambas regiones enfrentando retos similares para poder avanzar en nuestras agendas de cambio. Por un lado, vemos avanzar leyes que restringen nuestros derechos con el apoyo incluso de partidos autonombrados de izquierda; en el sur de África leyes que prohíben la homosexualidad, permiten la poligamia o el matrimonio del violador con su víctima; en Mesoamérica leyes que penalizan toda forma de interrupción del embarazo. Por otro lado la violencia contra las defensoras de derechos humanos aumenta en ambas regiones y con ello se limitan las oportunidades para sostener y ampliar la participación política de las mujeres para transformar las estructuras de desigualdad.

¿Qué nos queda ante este panorama?

No es fácil el momento que vivimos las mujeres y nuestros movimientos y no parece que tengamos la fuerza suficiente para contrarrestar esta situación. Por ello la última resonancia que quisiéramos compartir es la visión que JASS ha venido construyendo junto con otras muchas organizaciones y grupos de mujeres con quienes trabajamos—y sin las cuales nuestro trabajo no sería posible—en países como Malawi, Zambia, Zimbabue, Guatemala, Honduras o México.

Esta visión parte de la convicción de que estamos en un momento histórico en que nos toca fortalecer el poder colectivo de las mujeres, construir y ampliar nuestra fuerza, dar un rostro feminista a los movimientos sociales para poder constituir un contrapeso social capaz de erradicar el patriarcado y con ello todas las formas de discriminación y explotación existentes.

Para hacerlo hemos venido construyendo en ambas regiones, cada una con su particularidad, procesos de diálogo y protección integral. En el sur de África estos procesos se engloban bajo el nombre de “Corazón, Mente, Cuerpo” y en Mesoamérica adoptan diversas formas ya sean redes de defensoras para la  seguridad y el autocuidado o la escuela de educación popular feminista “Alquimia”.

En estos espacios nos cuidamos entre nosotras, facilitamos alternativas para sanarnos, revisamos nuestras estrategias y formas de activismo para hacerlas más seguras y sostenibles, develamos las estructuras de poder y sus actores, nos damos tiempo para pensar juntas, para tramar juntas y construir fuertes complicidades. Buscamos a final de cuentas reunir, renovar y ampliar nuestra fuerza, nuestra capacidad transgresora. En medio de la vorágine y barbarie que estamos viviendo nos damos un tiempo para respirar hondo y devolvernos el poder que cotidianamente intentan arrebatarnos.